Monday, August 09, 2004

Todo era una excusa

Teo el payaso estaba guardando sus cosas en un pequeño maletín de cuero que tenia. Ahí guardaba los globos, su varita mágica, una pelota y otras cosas. Ahora se estaba sacando los guantes y luego se pasó la mano por la frente. Cerró el maletín y fue hasta la puerta donde lo esperaba la madre del chico. Mientras hacía el camino todos los chiquilines lo tocaban y le pegaban y le hablaban y lo abrazaban. Muchas gracias por todo, le dijo la madre del chico del cumpleaños. Él le miró el cuerpo y después, sin hacer ningún gesto, dijo de nada y la saludó con un apretón de manos. Salió caminando por un pequeño pasaje de piedras que había en medio del jardín delantero de la casa. Eran las cuatro de la tarde y tenía otra fiesta a las cinco y media. Hacía mucho calor, y el tiempo le daba para ir a tomarse algo a un bar cerca de la casa de la fiesta.
Estaba maquillado y con la nariz como una pelota roja mal colocada. Tenia un enterito exageradamente ancho de nylon azul con parches rojos, una remera amarilla ancha también, y abajo una musculosa. Caminó unas cuadras hasta que encontró un murito donde se desabrochó el enterito y se sacó la remera amarilla. Ahora se parecía a un mecánico payaso, pero el se sentía un payaso cansado. Encendió un cigarro y siguió caminando. El sol le quemaba las piernas y sus pies estaban dentro de unos zapatos rojos que eran un horno. Definitivamente estaba serio. Olvidó su carácter de payaso y entró a un bar que encontró. Horas antes de que empezara la fiesta anterior, su mujer se había ido de la casa. Había juntado toda la ropa, sus cosméticos y unas cuantas pelucas y se marchó con un portazo prometiendo ir al otro día a recoger las cosas que le faltaban. Teodoro pensó en ordenarle todo cuando llegara así se harían más fácil y rápido las cosas. Todo era una excusa, sin embargo, ya que el sabía que su mujer en realidad se iba con el mago del que era ayudanta. Se habían conocido en una fiesta y él le propuso trabajo pasándole las cosas durante sus actuaciones y haciendo pequeñas coreografías.
Teodoro encontró una mesa, dejó en una silla su maletín y su remera amarilla, y en la otra silla se sentó. Pidió un whisky y prendió otro cigarro. Miró la ventana. Había una hormiga caminando en la ventana y la miró. Luego miró los semáforos de la calle y tosió. Se tomó el whisky de un trago y pidió otro. No tenia ganas de ir a este cumpleaños. Desde hacía un año mas o menos que no tenía ganas de hacer fiestas, pero necesitaba la plata, y ahora mas que su mujer se había ido y lo había dejado con su hija de cuatro años. En las ultimas fiestas que había hecho había terminado peleándose con los padres de los chiquilines, haciendo incluso una escena frente a los niños. Sucedió que mientras los niños comían algo, el padre discutió con el payaso por el dinero que le había pagado y grito y le pegó un piñazo en él estomago. Teo, en desventaja por su vestimenta, se tiró contra el padre y en eso rompió una lámpara. Al final le pagaron los gastos del transporte y nada más. Ahora se estaba acordando como la mujer del tipo le daba el dinero mientras su esposo lo miraba desde la cocina rojo, furioso, sudando, y con la camisa media desabrochada.
Pidió otro whisky y ya le estaba pegando. Miró el reloj y ya eran las cinco. En menos de diez minutos tenia que salir, y así y todo corría el riesgo de llegar tarde. Apuró el whisky, sacó los billetes del bolsillo y se paró. Cuando vio el sol rajante afuera, se quedó un rato parado y se volvió a sentar. Pidió otro whisky y encendió otro cigarro. Olvidate de la fiesta, Teodoro, pensó para sí mismo y se tomo el whisky de un sólo trago. En el bar había dos mesas mas ocupadas, una con una pareja y otra con una chica. Una morocha con una campera de cuero y unos pantalones de vestir. Fue hasta la chica. La miró en silencio. Te invito un whisky le dijo y le dedicó una pequeña sonrisa. La mujer se rió. No me gustaría un payaso borracho para mi fiesta de cumpleaños, le dijo. El se rascó la cabeza. Se sentó y pidió dos whiskies y le pidió al mozo que le traiga el maletín que había dejado en su mesa a la mesa de la muchacha. Miró a la muchacha, no está mal pensó. Estoy arruinado, dijo. Todos nos sentimos así a veces, le dijo la muchacha. Él le respondió. No, yo estoy arruinado en serio. Me quede sin mujer y con una hija, no me gusta mi trabajo. Estoy borracho, de tarde, conversando con una muchacha que no conozco y faltando a una fiesta de cumpleaños. Voy al baño, dijo enseguida. Apuró el whisky y se paró.
Entró al baño. Estaba todo rayado. Había una pileta oxidada con un jabón verde gastado, el inodoro y entre ambos un espejo machado. Meó. Cuando terminó se miro al espejo. Soy el mejor payaso del mundo, dijo y se sonrió mientras se subía la bragueta.

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